«Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura».
Edgar Allan Poe.

jueves, 2 de agosto de 2018

La pesadilla de Iván Fiódorovich

En mitad de aquella noche, él comenzó a leer extractos de libros que ya había leído con anterioridad, evocando sentimientos que ya había sentido antes y volviendo a aquellos días, que no fueron mejores, pero que, aún hoy, sigue añorando con una distante nostalgia. Fue pasando, uno a uno, por sus autores favoritos hasta dar con el siguiente fragmento:

"Al llegar a su casa se detuvo, haciéndose una inesperada pregunta: «¿Y si fuera ahora mismo a ver al fiscal y se lo contase?» La pregunta la decidió volviéndose de nuevo hacia la puerta: «¡Mañana se resolverá todo junto!», murmuró hacia sus adentros y, cosa extraña, casi toda su alegría y toda su satisfacción desaparecieron al instante. Al entrar en su cuarto, algo glacial le rozó el corazón, algo así como un recuerdo, o mejor dicho, algo que le recordaba cierta cosa dolorosa y repelente que se encontraba en este cuarto ahora, en aquellos momentos, y que ya estuvo antes. Se dejó caer rendido en el diván. La vieja le trajo el samovar, él preparó el té, pero no llegó a tocarlo; mandó a la vieja a dormir. La cabeza le daba vueltas. Se sentía enfermo y sin fuerzas. Llegó a quedarse amodorrado, pero, presa de gran inquietud, se puso en pie y empezó a dar paseos por la habitación para ahuyentar el sueño. En ocasiones le parecía que estaba delirando. Pero no era la enfermedad lo que más le preocupaba; volvió a sentarse y empezó a mirar alrededor, como buscando algo. Así hizo varias veces. Finalmente, su mirada se clavó en un punto concreto. Iván dejó ver una sonrisa irónica, aunque el carmín de la cólera cubrió sus mejillas. Estuvo largo rato sentado en el diván, apretándose con ambas manos la cabeza, pero mirando de reojo al punto de antes, que se encontraba en la pared de enfrente. Algo había allí que le irritaba, algo que le producía inquietud y sufrimiento".

Llegados a este punto, nuestro protagonista cerró el libro y comenzó a escribir. Escribía y escribía sin parar, pero nada le resultaba adecuado. Mantenía un intenso debate, tal y como haría Iván Fiódorovich, justo a continuación de aquella página, con aquello que le producía tanta inquietud y sufrimiento. Al cabo de algunas horas cesó en su empeño y leyó todo aquello que había escrito. Todo le resultaba familiar. Todo lo había leído antes en otros escritos propios. De alguna u otra forma, siempre acababa escribiendo la misma historia donde escondía sus sentimientos y los aderezaba con las palabras que pronunciaban sus escritores favoritos.

En este momento de la noche, nuestro protagonista comenzó a mirar de reojo la ventana, tal y como Iván miraba hacia aquel punto en la pared desde su diván. La lluvia, como solía acostumbrar, volvía a golpear levemente su ventana, rompiendo la noche. Ella siempre en el momento oportuno y, este narrador quiere pensar, siempre ingenua de las calamidades que, en mayor o menor medida, aquella lluvia podía llegar a provocar.

No soy médico, pero siento llegado el momento en que me es absolutamente necesario explicar al lector algo de la enfermedad de Iván Fiódorovich y de nuestro protagonista. Anticipándome a los hechos, me limitaré a decir una cosa: precisamente entonces, aquella noche, ambos se encontraban en vísperas del delirium tremens que acabó por apoderarse de sus organismos quebrantados desde hacía mucho, pero que resistían tenazmente la enfermedad. Profano como soy en medicina, me arriesgo a exponer la hipótesis de que nuestro protagonista no sufría de delirium tremens, propiamente dicho, pero sí que sufría un tipo de síndrome de abstinencia que, igualmente y de no ser tratado, produce alucinaciones y, en casos fatales, la muerte. Nuestro protagonista llevaba visitando médicos especializados desde hacía varios meses, pero ninguno conseguía realizar el diagnóstico correcto. Así, llegado este día, nuestro protagonista había conseguido, a base de fuerza de voluntad, alargar esta última fase, donde aún podía mantener la cordura, que culminaba con el fatídico delirium tremens.

De pronto resultó que allí, en la ventana, se encontraba un hombre de facciones finas y ojos profundos que le mantenía la mirada a nuestro protagonista en silencio. Dios sabe cómo pudo entrar en la habitación si nuestro protagonista, al llegar al cuarto, se aseguró de cerrar tanto la puerta como la ventana. Aquel hombre llevaba un traje oscuro y elegante, de muy buen corte, pero ya pasado de moda. Rondaba los cincuenta años, pero parecía mantenerse en buena forma a pesar de las arrugas de expresión y las canas que empezaban a asomarse. Tras unos segundos en silencio, el hombre arrugó la frente en un gesto de preocupación y dijo:

—Escucha. Tenemos que hablar seriamente. ¿Acaso no buscas acabar con esta situación?
—Escucha, dices —repitió nuestro protagonista—. ¿Acaso no soy yo el que está hablando y preguntándome a mí mismo lo que deseo solucionar?
—Me alegra ver que nos podemos tutear —dijo él con ironía—, es un buen comienzo.
—No, no es ningún comienzo —dijo nuestro protagonista levantándose del escritorio—. Ahora mismo voy a por una toalla, la mojaré en agua fría, me la pondré en la cabeza y, cuando vuelva, seguro que te habrás desvanecido, como la otra vez.

Sin embargo, y para su sorpresa, a la vuelta aquel hombre no solo seguía allí, sino que se había acomodado en el rincón de la ventana y se había encendido un cigarro, teniendo la decencia de expulsar el humo hacia afuera. Al entrar en la habitación y ver de nuevo aquella escena, él se sorprendió como si no lo hubiese visto antes y el hombre, viendo que estaba de nuevo en el cuarto, le dijo:

—Disculpa, ¿te importa si fumo?
—Ya estás fumando, así que ¿qué importa? —respondió nuestro protagonista con cierto desdén.
—Así que ya reconoces que de verdad estoy aquí, ¿no es así?
—¡Cállate! —gritó nuestro protagonista irritado ante aquel tono burlesco— ¿Quién te crees que eres sino mis ideas y pensamientos con otro rostro? Ni siquiera puedes decirme nada que no sepa.
—Qué encantador. Satanas sum et nihil humanum a me alienum puto.
—¿Perdón? Satanas sum et... Vale —reconoció nuestro protagonista cogiendo aire y exhalándolo lentamente—, esto me ha sorprendido. Aún así, he de decirte que no te temo y que ya puedes marcharte por donde has venido.
—¿Marcharme? Pero si ahora empieza lo divertido.

Tras esto, nuestro protagonista sintió un escalofrío recorrer toda su espalda. Aquel hombre gesticulaba con mesura y sin realizar movimientos innecesarios. Su comedimiento a la hora de hablar daba la sensación de que había vivido rodeado de cenas y ceremonias de la alta sociedad y, sin duda, era bien recibido en los salones de las mejores familias. Con dicha moderación, fue tratando los temas que incomodaban a nuestro protagonista. Fue sacando todos y cada uno de los símbolos que usaba en sus escritos y fue destripándolos delante de él, desnudándolo, poco a poco, como si de un acto sexual se tratase. Llegados a altas horas de la madrugada, casi el momento en que amanecía, él le dijo, jactándose de ello:

—Jamás podrás escribir sobre otra como escribes sobre la lluvia.

Al escuchar estas palabras, nuestro protagonista, rabioso y colérico, agarró el vaso que tenía en su escritorio y se lo lanzó con violencia. El vaso impactó en la pared, estallando en mil pedazos y golpeando con las esquirlas a aquel invitado indeseado. De pronto, alguien llamó a la puerta. Aunque, más bien, la aporreaba con violencia. Era el hermano de nuestro protagonista que había venido preocupado por su enfermedad. Al abrirle, pudo comprobar que estaba de nuevo solo en la habitación y el vaso, que hacía escasos segundos había explotado contra la pared, se encontraba intacto en la mesa de su escritorio. Tras hablar con su hermano y tranquilizarlo diciéndole que se encontraba bien, se despidieron. Sin embargo, al volver al escritorio su cara se descompuso. En la última página en la que estuvo escribiendo horas antes había una frase nueva. Una frase con una caligrafía distinta a la que él usaba. Una caligrafía mucho más fina y cuidada, escrita celosamente en la que se podía leer:

"¿Puede un Karamázov arder con semejante pasión eternamente?".

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