Allí estaban frente a frente, mirándose a los ojos mientras se sujetaban sus almas entre las manos. No sabían cómo habían llegado hasta allí, tan solo eran conscientes de que, en ese momento, nadie más existía en aquel desdichado mundo. Sin apenas darse cuenta, ella parpadeaba, mantenía los ojos bien cerrados durante apenas un instante y volvía a abrirlos para comprobar que no se trataba de un sueño. Él se limitaba a contemplarla con suavidad y ternura, pues sabía que en cualquier momento, sin avisar, ella podría romperse en mil pedazos. Olía a tristeza. Sí, era el preludio de que algo se acababa, de que algo se iba y no iba volver. Parecía que aquel olor les obligaba a acabar algo que ni siquiera había empezado. Ambos ya sabían cuál sería el resultado, el desenlace, aunque ninguno de los dos quería afrontarlo. Entonces, él le apretó sus manos buscando algo que le devolviese la fe, la cordura, la vida. Entonces, ella levantó la mirada, buscó directamente sus ojos y, sin más, rompió a llover.
Y en ese momento acabó todo, en mitad de una lluvia que lloraba por los dos mientras se miraban, quién sabe si por última vez. Él pronunció un inseguro adiós. Ella no dijo nada, tan solo se quedó inmóvil, observando cómo se marchaba mientras se prometía a sí misma que jamás olvidaría la calidez que le proporcionaban aquellas manos frías.
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